Felipe
era un seductor por naturaleza, un casanova moderno, un
experto en el arte de la seducción, un perfecto Don Juan.
Dormía con distintas mujeres al menos cada mes. No hacía distinción de
mujeres, lo mismo le daba que estuvieran casadas o solteras, que fueran guapas o no
muy agraciadas, que fueran bajitas o altas. Para él, no existía eso de
"felices para siempre", nucho menos que un hombre es capaz de amar y hacer
feliz a una sola mujer. Él podía hacer felices a muchas, ¿para qué hacer
infeliz a una?
Por sus
brazos habían pasado mujeres de distintas razas. Afroamericanas de pronunciadas
curvas, despampanantes latinas, de esas que roban suspiros, incluso alguna asiática
despistada cayó en sus redes. Sin
embargo, nunca había conseguido ligar a una rubia americana. Esto era un deseo que había crecido al grado de casi convertirse en una obsesión. Por eso, cuando su
nueva vecina se mudó a la casa de al lado donde él vivía, pensó que su deseo se
podía convertir en realidad.
Emma, una rubia sexi y americana, representaría la cereza en el pastel en su
larga lista de conquistas, claro, solo tenía que conseguir llevarla a la cama.
Ella tenía un rostro angelical, curvas pronunciadas, y un cabello rubio como el
oro que le daba un poco abajo de los hombros.
De cuando en cuando Emma se paseaba por el jardín. Con esmero quitaba la maleza que amenazaba el crecimiento de sus bellos y tupidos rosales, cuando miraba a Felipe le dirigía una sonrisa, este se sentía transportado a las nubes y creía estar más cerca de seducirla.
Con el paso de los días Felipe tomaba confianza con Emma y platicaba con ella un rato. Aunque la invitaba a tomar un café o una copa de vino, ella siempre se negaba, cuando mucho le daba una esperanza al decirle "tal vez después".
Una tarde nublada Felipe volvía a casa, no traía un buen semblante, había pasado un pésimo día en el trabajo. Esa vez Felipe ni siquiera volteó a la casa de al lado en busca de Emma, se sentía cansado y con ganas de tirarse en la cama y dormir hasta el amanecer. De pronto, la voz melosa de Emma lo sacó de su marasmo y lo animó tanto que olvidó su pesado día.
-Cómo estas Felipe -como por arte de magia, para Felipe desapareció todo rastro de mal día-. Me imagino que no tuviste un buen día, dado que siempre me saludas. Hoy ni siquiera me miraste.
-Sí, es verdad, discúlpame -respondió Felipe tratando de poner su mejor cara.
-Si
quieres te invito una copa de vino -con una sonrisa y tono seductor casi susurró
Emma-. Tal vez te caiga bien y me platicas, si quieres.
Felipe sin dudarlo contestó que sí, solo
dijo que necesitaba tomar un baño para sentirse más cómodo. Emma asintió con su cabeza y
caminó hacia la puerta de su casa, con un caminar que a Felipe dejo embelesado
por unos segundos.
Felipe
entró a su habitación y sacó del armario unos jeans, una
camisa con broches y su mejor ropa interior. Estaba seguro de que algo bueno
pasaría. Tomo un baño aprisa, aunque trató de estar
lo mejor presentable. En pocos minutos estaba tocando la puerta de la casa de
Emma, tratando de lucir su mejor sonrisa.
Emma
abrió un poco la puerta -después de asegurarse de quién se
trataba-, lo invitó a pasar y a sentarse en el
cálido sofá. El olor que despedían esas velas aromáticas, que estaban
encendidas en una esquina, enardecía los sentidos de Felipe. Al ver la
minúscula bata transparente que Emma traía puesta, el gran seductor pensó para
sus adentros que su presa estaba a punto de caer.
Emma
abrió una botella de vino. Con una delicadeza normal en ella, le alcanzó una copa a Felipe y se sentó junto a él. Después de dos copas se
tomaron de la mano. Una copa más y Felipe la tomó por el
cuello y rosó sus labios con los suyos, Emma
se disculpó y dijo que tenía que ponerse cómoda y caminó hacia el baño. Felipe sonrió y observó a Emma caminar, cuando ella
entró hacia el cuarto del baño, Felipe, con un movimiento bastante habitual en
él, desabrocho su camisa de un solo movimiento y la aventó por un lado, por eso le encantaba esa camisa
de broches.
El
sonido de una puerta que se abría cortó de tajo la emoción de Felipe, por
instinto volteó hacia el cuarto del baño donde hacía unos segundos había entrado Emma, quien tenía una cara de susto que
Felipe por un momento no entendió.
- ¡Qué pasa! –preguntó Felipe con un gesto nervioso.
Emma
solo atinó a señalar hacia la puerta de la casa. Ahí, parado, con cara de pocos
amigos se encontraba un moreno alto de espectacular figura, sus musculosos
brazos y unos bien formados pectorales le recordaron a Felipe un gladiador de lucha
libre. Con un gesto brusco, el espectacular moreno, señaló la puerta de salida
a Felipe, quien se puso la camisa sin ver si estaba al derecho o al revés y salió
de la casa como alma que se lleva el diablo. Su miedo no le impidió comprender
que esa rubia espectacular tenía dueño. Comprendió que debía ser más selectivo con las
mujeres que buscaba llevar a la cama, y que, al menos esa vez, su ilusión y gran deseo no se cumpliría; seducir a una rubia.
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