martes, 2 de octubre de 2012

El que mucho abarca, poco aprieta






Felipe era una persona encantadora, gran amigo y persona noble, de esa gente que en cuanto las miras te caen bien. Su amabilidad, tan escasa hoy en día, era una de sus principales virtudes. Su nobleza era tanta que era capaz de quitarse la camisa y regalársela al pordiosero de la esquina. Su encanto era natural, tan natural que las mujeres se derretían por él.

Las mujeres lo seguían como moscas atraídas por la miel. Y él, tan noble y tan amable, se dejaba querer, aunque más de una ocasión tuvo que pasar por escabrosos senderos de bochorno. Un día de esos que parecen perfectos aprendió una nueva lección. Ese día que nunca ha olvidado, pasó una tarde buena, una noche grandiosa y una madrugada inolvidable.

Después de mucho tiempo viviendo solo, Felipe decidió probar suerte en pareja y se fue a vivir con María, una chica guapa, que venia saliendo de una relación y que no tenía un pelo de tonta. Por un tiempo todo marchó de maravilla, parecía que en definitiva Felipe dejaría la soltería para siempre.

Un buen día Felipe decidió salir con sus amigos, buscando salir un poco de la rutina. Un amigo pasó por él a su casa y se dirigieron a un bar a tomar una copa. Al llegar al bar se dirigieron a la barra en busca de una cerveza, mientras observaban aquel antro tratando de buscar algún tipo de diversión.  La chica que atendía la barra, de nombre Mercedes, le destapó su cerveza a la vez que le dejaba una sonrisa de regalo.

Una sonrisa puede ser que no signifique nada, pero la sonrisa de una mujer dirigida a Felipe significaba que algo quería con él. Atento como era, Felipe se ofreció a pagar una cerveza a Mercedes, quien accedió sin hacerse mucho del rogar. Tomaron una y después otras mientras charlaban amenamente hasta que la noche se escurrió como agua por las manos. Cuando se despidieron, intercambiaron números telefónicos y se dejaron una promesa de volverse a ver.

Al siguiente fin de semana Felipe se las ingenió para salir al bar otra vez, su pareja, María, le recriminó un poco, pero con una sutileza habitual en él la tranquilizó y se quedó en casa sin decir nada más. Ya en el bar Felipe se dirigió a la barra en busca de Mercedes, quien antes de decir alguna palabra lo saludó con un beso en la mejilla, casi en los labios.

Esa noche charlaron, tomaron unas cervezas y, al final, amanecieron en el cuarto de mercedes. Como a las cinco de la mañana es que Felipe se dio cuenta de que tenía que llegar a su casa, raudo y veloz se dirigió a su auto y partió apenas dando una explicación a Mercedes. Cuando llegó a su casa, lo esperaba María con una cara de pocos amigos que a Felipe le tomó toda la mañana convencerla de que se había pasado de copas en casa de su amigo.

Esa tarde, Felipe se portó muy bien en casa, se puso hacendoso y limpió la casa, incluso lavó los trastes, algo poco habitual en él, quizás por eso es que María lo premió con una tarde apasionada en la que se entregaron a las mieles del amor. Por la noche Felipe se dirigió al bar a tomar otra copa, Mercedes lo recibió como siempre, amable y cariñosa.

Utilizando sus mejores armas Felipe consiguió llevarse a Mercedes temprano a casa de ella, donde pasaron un rato lleno de pasión. Temprano, antes de dar las doce de la noche, Felipe ya estaba en casa durmiendo con María. Nunca supo a ciencia cierta la hora, pues nunca usaba reloj y el teléfono lo había olvidado en su casa. Todo parecía perfecto; una tarde muy buena con María, una noche genial con Mercedes, con ese sentir Felipe durmió esa noche hasta el amanecer.

Como a las seis de la mañana Felipe salió a comprar el desayuno queriendo sorprender a María, quizás queriendo callar su conciencia que le reprochaba su conducta. Serían las siete de la mañana cuando al bajar del auto Felipe oyó una voz que decía "ya llegó". Ni siquiera un auto mal estacionado a un lado de su casa llamó su atención. Luciendo su mejor sonrisa entró a su casa gritando a María "cariño, llegó el desayuno".

Los platos de comida que traía cargando en sus manos cayeron al suelo. El café negro recién preparado voló por el aire manchando los blancos sillones que apenas un día antes había limpiado con esmero; frente a él, con la mirada penetrante, que si fuera un rayo láser destructivo habría desaparecido ese cuarto en un instante, Mercedes miraba a Felipe. Quiso decir algo, pero una sonora cachetada nubló su vista y borró toda palabra de su mente. "Te toca a ti", dijo Mercedes a María, quien sin hacerse mucho del rogar accedió de buena fe golpeando la otra mejilla de Felipe.

Felipe no daba crédito a lo que veía, nunca hubiera imaginado que dos mujeres se confabularan en contra de él. Todavía faltaba algo más, Mercedes salió cargando unas maletas de ropa mientras María cargaba el resto; nunca supo que ellas se habían puesto de acuerdo mientras Felipe compraba el desayuno. Antes de cerrar la puerta de la casa de un violento movimiento María gritó: "cuando tengas a otra mujer, asegúrate de borrar sus llamadas y sus mensajes de texto; o, al menos, no dejes olvidado tu teléfono en la casa".



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Si lo que acabas de leer te provoca dejar un comentario, te invito a que lo hagas; no importa que sea bueno o malo, siempre que sea con respeto. Lo importante, es la retroalimentación.