
Felipe
era una persona encantadora, gran amigo y persona noble, de esa gente que en
cuanto las miras te caen bien. Su amabilidad, tan escasa hoy en día, era una de
sus principales virtudes. Su nobleza era tanta que era capaz de quitarse la
camisa y regalársela al pordiosero de la esquina. Su encanto era natural, tan
natural que las mujeres se derretían por él.
Las
mujeres lo seguían como moscas atraídas por la miel. Y él, tan noble y tan
amable, se dejaba querer, aunque más de una ocasión tuvo que pasar por
escabrosos senderos de bochorno. Un día de esos que parecen perfectos aprendió
una nueva lección. Ese día que nunca ha olvidado, pasó una tarde buena, una
noche grandiosa y una madrugada inolvidable.
Después
de mucho tiempo viviendo solo, Felipe decidió probar suerte en pareja y se fue
a vivir con María, una chica guapa, que venia saliendo de una relación y que no
tenía un pelo de tonta. Por un tiempo todo marchó de maravilla, parecía que en
definitiva Felipe dejaría la soltería para siempre.
Un buen
día Felipe decidió salir con sus amigos, buscando salir un poco de la rutina.
Un amigo pasó por él a su casa y se dirigieron a un bar a tomar una copa. Al
llegar al bar se dirigieron a la barra en busca de una cerveza, mientras
observaban aquel antro tratando de buscar algún tipo de diversión. La chica que atendía la barra, de nombre
Mercedes, le destapó su cerveza a la vez que le dejaba una sonrisa de regalo.
Una
sonrisa puede ser que no signifique nada, pero la sonrisa de una mujer dirigida
a Felipe significaba que algo quería con él. Atento como era, Felipe se ofreció
a pagar una cerveza a Mercedes, quien accedió sin hacerse mucho del rogar.
Tomaron una y después otras mientras charlaban amenamente hasta que la noche se
escurrió como agua por las manos. Cuando se despidieron, intercambiaron números
telefónicos y se dejaron una promesa de volverse a ver.
Al
siguiente fin de semana Felipe se las ingenió para salir al bar otra vez, su
pareja, María, le recriminó un poco, pero con una sutileza habitual en él la
tranquilizó y se quedó en casa sin decir nada más. Ya en el bar Felipe se
dirigió a la barra en busca de Mercedes, quien antes de decir alguna palabra lo
saludó con un beso en la mejilla, casi en los labios.
Esa
noche charlaron, tomaron unas cervezas y, al final, amanecieron en el cuarto de
mercedes. Como a las cinco de la mañana es que Felipe se dio cuenta de que
tenía que llegar a su casa, raudo y veloz se dirigió a su auto y partió apenas
dando una explicación a Mercedes. Cuando llegó a su casa, lo esperaba María con
una cara de pocos amigos que a Felipe le tomó toda la mañana convencerla de que
se había pasado de copas en casa de su amigo.
Esa
tarde, Felipe se portó muy bien en casa, se puso hacendoso y limpió la casa,
incluso lavó los trastes, algo poco habitual en él, quizás por eso es que María
lo premió con una tarde apasionada en la que se entregaron a las mieles del
amor. Por la noche Felipe se dirigió al bar a tomar otra copa, Mercedes lo
recibió como siempre, amable y cariñosa.
Utilizando
sus mejores armas Felipe consiguió llevarse a Mercedes temprano a casa de ella,
donde pasaron un rato lleno de pasión. Temprano, antes de dar las doce de la
noche, Felipe ya estaba en casa durmiendo con María. Nunca supo a ciencia
cierta la hora, pues nunca usaba reloj y el teléfono lo había olvidado en su casa.
Todo parecía perfecto; una tarde muy buena con María, una noche genial con
Mercedes, con ese sentir Felipe durmió esa noche hasta el amanecer.
Como a
las seis de la mañana Felipe salió a comprar el desayuno queriendo sorprender a
María, quizás queriendo callar su conciencia que le reprochaba su conducta.
Serían las siete de la mañana cuando al bajar del auto Felipe oyó una voz que
decía "ya llegó". Ni siquiera un auto mal estacionado a un lado de su
casa llamó su atención. Luciendo su mejor sonrisa entró a su casa gritando a
María "cariño, llegó el desayuno".
Los
platos de comida que traía cargando en sus manos cayeron al suelo. El café
negro recién preparado voló por el aire manchando los blancos sillones que
apenas un día antes había limpiado con esmero; frente a él, con la mirada
penetrante, que si fuera un rayo láser destructivo habría desaparecido ese
cuarto en un instante, Mercedes miraba a Felipe. Quiso decir algo, pero una
sonora cachetada nubló su vista y borró toda palabra de su mente. "Te toca
a ti", dijo Mercedes a María, quien sin hacerse mucho del rogar accedió de
buena fe golpeando la otra mejilla de Felipe.
Felipe
no daba crédito a lo que veía, nunca hubiera imaginado que dos mujeres se
confabularan en contra de él. Todavía faltaba algo más, Mercedes salió cargando
unas maletas de ropa mientras María cargaba el resto; nunca supo que ellas se
habían puesto de acuerdo mientras Felipe compraba el desayuno. Antes de cerrar
la puerta de la casa de un violento movimiento María gritó: "cuando tengas
a otra mujer, asegúrate de borrar sus llamadas y sus mensajes de texto; o, al
menos, no dejes olvidado tu teléfono en la casa".
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